¡Venerables hermanos y distinguidos hijos!
Para Uds. representantes de Vicenza, que dieron a la Santa el nacimiento y la primera educación, a Uds. de Treviso, que recogieron el extremo anhelo, y a todos Uds. aquí reunidos que amamos esta lección sublime, que se repite para toda la Iglesia: y recordar que la presente glorificación tiene sus presupuestos en la familia cristiana: en el estudio del catecismo, en la correspondencia pronta a la divina voluntad que llama. Estos fundamentos explican la fecunda riqueza de la sociedad cristiana y el florecer incesante de la santidad.
La familia cristiana ante todo. Este es el ambiente primordial en el cual la creatura regenerada a la vida divina, en las aguas del Santo Bautismo, aspiran con el aire doméstico mismo los principios saludables del temor de Dios y de su santo amor. Ciertamente, no faltan en este núcleo providencial, las nubes que se condensan y amenazan la serenidad. Y en la familia de Bertilla, no todo fue sereno y tranquilo. Con frecuencia el llanto y el malestar hicieron palpitar el corazón de la futura santa en los años de la inocencia y de la adolescencia. Pero todo se superó con la ayuda de Dios. Donde existe una madre que tiene fe, que reza, que cristianamente educa a sus criaturas, allí no puede faltar la gracia celestial que madura los frutos a través de las asperezas de la prueba.
También hoy la sociedad tendrá mayor estabilidad y una defensa fuerte, si la familia, aún en la dificultad de todo género que la vida conlleva, sabe custodiar celosamente el patrimonio precioso de una fe consciente y convencida, luminosa y ardiente, y sacar de ella el secreto de la serenidad que nunca declina.
La glorificación que estamos celebrando, tiene aún su presupuesto en el estudio del Catecismo, que en las almas inocentes el amor a la verdadera sabiduría y lo custodia para la conquista de la madurez. Según hemos recordado en un reciente peregrinaje a la Diócesis de Bérgamo, “la enseñanza del catecismo es siembra diaria en las Parroquias, familias y escuelas, que permiten a los inocentes vigorizar su espíritu en la gracia de Cristo, y tiene en honor el patrimonio que es verdad y pura sustancia de perfecto cristianismo”.
La humilde hermana de Bréndola es la confirmación de una tradición que hace de las fervorosas parroquias, la primera escuela del bien vivir y de santidad. Santa Bertilla está ahora en los altares de los sabios y de los prudentes del siglo. Ella no frecuentó un largo período de estudio, pero pudo desarrollar de buena manera toda misión que le encomendaron. El libro en que guardaba celosamente los recuerdos más queridos, fue el catecismo, regalado por su Párroco. De allí sacaba inspiraciones y fortaleza desde niña, retirándose, toda contenta en soledad, después de haber cumplido sus tareas domésticas, para leerlo y releerlo continuamente y para enseñarlo con entusiasmo a las compañeras.
La grande figura del doctísimo Cardinal Barbarigo y la simplicidad de esta hija de la tierra Véneta, que a un año de distancia hemos tenido el gozo inexpresable de añadir a la gloria de los santos, se encuentran y se complementan en el amor al catecismo: el uno, Pastor infatigable para enseñarlo y hacerlo enseñar; la otra, ingenua campesina, para conocerlo siempre mejor; ambos para vivir a la letra las lecciones de la doctrina celestial. Los dos santos nos recuerdan uno de los deberes impulsores de la vida pastoral. El cuidado de este fuerte mandato, asegura una saludable profundización de la Revelación y el incremento de las costumbres civiles y cristianas. San Gregorio Barbarigo y S. Bertilla inculcan a todos los fieles, particularmente a los adolecentes y a los jóvenes el deber de atender constantemente, con la ayuda de Dios, a la formación cristiana de la mente, del corazón y de la conciencia.
La última enseñanza de esta glorificación está en la correspondencia pronta a una natural atracción hacia el servicio de Dios, en la unión íntima con Él y en el amor a los hermanos. La vocación religiosa es la repuesta alegre del alma a la elección divina. El deseo de pertenecerle a Él solo y servirle en el escondimiento, se transforma en un beneficio inconmensurable de las almas.
He aquí un alma sencilla que a la primera llamada de la vocación con alegría se entrega favorece el respeto y la aprobación de sus padres: ella es feliz de cumplir también los más humildes servicios porque no pide nada para sí, no va tras las divagaciones de la curiosidad o de preferencias personales. Por esto la irradiación de Sor Bertilla se prolonga: en los pasillos del hospital de Treviso, en el contacto con los epidémicos, para consolarlos, calmarlos: pronta, ordenada, experta y silenciosa, hasta los incrédulos decían de ella que parecía que Alguien (es decir el Señor) estaba siempre con ella para dirigirla e iluminarla. Esta irradiación no se termina con la muerte, sino que continua difundiendo los beneficios de la santidad sobre un campo más vasto de almas, hasta el triunfo final.
Dios y las amas, vida interior y apostolado, amor de Dios y amor al prójimo, son los cimientos inconfundibles sobre los que se apoya la historia de todos los santos y que proclaman al mundo la fascinación de su ejemplo.
Oh Jesús que asciendes al cielo, Oh Señor, Rey bendito e inmortal de los siglos, te agradecemos de haber asociado hoy a Santa Bertilla a tu triunfo y de haber encendido con ella una nueva estrella en el firmamento de tu Iglesia, devolviendo al Padre la promesa de no abandonarnos nunca; y tú bondadoso continua siendo con nosotros, también en el testimonio de amor de tus santos, que son el cortejo más bello en el cielo y tu buen perfume en la tierra. Por intercesión e Santa Bertilla y de todos los santos, suscita en las almas, en las familias y en las diócesis, semillas fecundas y siempre nuevas de santidad: vocaciones numerosas y ardientes, almas bellas y puras, familias sanas y generosas que vivan en tu santo amor. Y concede que fortificados de tu gracia, refrescados por los ejemplos de tus santos podamos darte honor cada día, en serenidad y alegría, con valentía y perseverancia, para poder vivir una vida toda celestial. Amén.