“Considero al Obispo Farina un hombre de gran inteligencia, sobre todo de la que llamo la inteligencia de la caridad.” (Gabriele De Rosa).
Conviene traer a la memoria los ideales revelados a la humanidad, de la obra brillante de Giovanni Antonio Farina. El ilustre Beato estaba dotado de una gran generosidad, cuando se considera la intención de su obrar; así como de una flexibilidad mental que hizo de él un adelantado a los tiempos.
La actitud de su personalidad en relación al prójimo se caracterizaba por una profunda comprensión, clara generosidad, máxima modestia del sentido propio del yo, abnegación y respeto de la libertad ajena. Su orientación resultaba notablemente altruista, más bien con algún exceso en este aspecto. (Sante Bidoli).
La cuidadosa práctica de atención e instrucción hacia los más indigentes, desarrollada con paciencia particular, fortalecida con sanos principios y virtud sólida, resume el sublime sentido de la caridad del Beato Farina.
No es un común o frío asistencialismo sino una verdadera promoción del individuo en lo humano y espiritual. Se trata, sin duda, del verdadero desarrollo solidario que se fundamenta en la doctrina social de la Iglesia y que se refleja en la vivencia trascendental del Beato Giovanni Farina.
Ese deseo de que todos puedan disfrutar de condiciones más humanas de vida, fluye de su reconocimiento, de los valores supremos y de Dios, su fuente y su fin. Especialmente brotan de la Fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo.
La lectura sociológica de la obra de Farina muestra varios signos de esperanza en los diversos campos o realidades en los que manifestó, lugares de misión sin límites de ciudad o país, del mundo entero pues “La caridad no tiene confines…”
La Familia: Es un primer motivo de esperanza. Que actualmente sufre crisis de relación de pareja, de padres e hijos, el mismo núcleo familiar carece de un centro de referencia bien definido y fortalecido de significados fundamentales y verdaderos, como el amor, la fidelidad, la unión. Farina aconsejaba a las familias: “Tened siempre ante vuestros ojos este breve pensamiento: Dios, al concederos los hijos os ha entreg.ado un precioso tesoro del cual os pedirá cuenta; os los ha encomendado para que los conduzcáis hacia el fin por el cual fueron creados”, para que las personas tomaran conciencia de la necesidad de respeto a los derechos de los individuos y la exigencia por el cumplimiento de sus obligaciones, tendientes a mantener viva la institución fundamental de la sociedad.
La salud, es otro motivo de esperanza, pues ha sido frecuentemente pisoteada por retrasos, despreocupación y discriminación. Mons. Farina motiva a sus hermanas a humanizar las estructuras, evitando el cientificismo y tecnicismo en detrimento del hombre: “Nuestra santa y noble misión nos llama a enjugar las lágrimas de los débiles…animados por Dios, que concede verdadero consuelo a quien lo invoca con fe…”.
El trabajo, generalmente considerado como ocupación, productividad, eficientismo, posibilidad para ganar y nada más, destruyendo las relaciones humanas por el arribismo personal en disminución del crecimiento y de la reciprocidad. El Beato Farina lo asume como la capacidad que tiene la persona para realizarse con la propia creatividad y poder colaborar en el misterio de la creación.
La política. En el sentido de la Iglesia, Mons. Farina nos señala como un compromiso para construir el bien del Estado, debiendo ser considerada la política como la “medida alta de la caridad” para el bien común de las personas, con ideales, con credibilidad y coherencia, descubriendo en todas las autoridades, el medio por el que Dios manifiesta su voluntad. Nunca propende a la oposición o el enfrentamiento.
La escuela. Frente a una disminución del sentido de educar para la vida, de la capacidad y el gusto de descubrir en el niño aquello que le hace persona, acompañado de una falta de preparación, de mística o la incapacidad de los profesores que deben ser “educadores” y no transmisores de conceptos. Mons. Farina nos enseña: “La piedad debe ser vuestro distintivo. Ella es el símbolo cristiano, el decoro más bello de los jóvenes, la perla preciosa de toda persona de bien. Con ella creced en todas las demás virtudes, con ella valorad vuestras esperanzas y con ella iniciad y haced fecundo vuestro porvenir”.
Solidaridad: es otro motivo de esperanza, por la creciente convicción de la interdependencia social. Esta virtud debe ser asumida y traducida en acciones morales. Algunos seres humanos se dan cuenta de que al tener un destino común, deben construir juntos, si se quiere evitar una catástrofe mundial. En el atormentado horizonte del mundo, va surgiendo poco a poco, la idea de que el bien, al cual estamos llamados todos, y la felicidad, a la que aspiramos, no se pueden conseguir sin el esfuerzo y el empeño de todos sin excepción y con la consiguiente renuncia al propio egoísmo.
Paz: como signo del respeto por la vida, a partir de que la conciencia de que la Vida o es de todos o de nadie. Una paz que exige cada vez más, el respeto riguroso de la justicia y, por consiguiente, la distribución equitativa de los frutos del verdadero desarrollo.
[1] Ibid