El germen de la espiritualidad de Giovanni A. Farina está en el seno de su familia cristiana, probada por el sufrimiento y el dolor, los cuales siempre son un terreno bueno para una sólida y genuina formación cristiana. A esto se añade el ejemplo de su tío paterno estimado como hombre poco común, por su cultura, su virtud, su amor al trabajo y la caridad exquisita hacia los pobres.
Este bagaje personal cultivado desde su infancia lo llevó al seminario de Vicenza, a los 14 años (1827). Allí se distinguía entre sus compañeros por la piedad, el espíritu altruista y su tendencia hacia el ministerio de la caridad en la consagración sacerdotal. Las necesidades sociales de este tiempo, demandaban ministros de Dios capaces de donarse a la gente, Giovanni Farina era uno de ellos.
La espiritualidad del Farina, fue claramente caracterizada por la primacía de la caridad hacia Dios, por el Corazón de Jesús, hacia quien sentía atracción y ternura profunda, “…me sumerjo a contemplar vuestro Corazón, Oh Señor y me encuentro en un océano de amor”.
Farina vivió una espiritualidad cristocéntrica de la cual sacó un gran amor, en el contacto directo con Cristo en la Eucaristía, como consecuencia del banquete eucarístico. Lo que vivió propuso a sus hijas “Donde más espontáneamente se eleva el espíritu es en la Santa Comunión, ¿por qué el Señor quiere donarles un bien tan supremo? ¿por qué quiere invitarles a su mesa? Por un signo de amor, para que sepan que es su esposo y que las ama tiernamente” (Lez. IV, reglas generales). “La comunión es el principio de todas las fuerzas espirituales; en la penitencia está la base, pero en la comunión está el culmen, porque en la comunión reside la fuente de todas las consolaciones, en ésta se estrecha verdaderamente el lazo de unión del hombre con Dios y de Dios con el hombre.” (Homilia por Pascua, 10/IV/1884, Positio, p. 1277)
Este contacto íntimo con el Corazón Eucarístico de Jesús es el que exhorta a sus hijas a vivirlo diariamente “…queridísimas cada día a las doce horas nos encontramos en el Santísimo Corazón de Jesús” (aE 51). Ésta también fue la fuente de su fuerza, su pasión, el estímulo y el alimento de su caridad. Estaba convencido de que Cristo en la Eucaristía debía volver a ser la fuente primera de todo bien para el cristiano.[2]
Su itinerario espiritual se perfiló siempre como un camino cuesta arriba, por su respuesta a la llamada divina y su intensa correspondencia a la gracia. En este itinerario se vislumbran dos fases: la vida ascética y la vida mística. La primera por el esfuerzo ascético para responder al Dios, que en Cristo y mediante el Espíritu, le llama a la perfecta comunión con él, ya en esta vida. Y la segunda, el hecho de alcanzar esta perfecta comunión con él y su transformación mística en Cristo, logrando la máxima intimidad con Dios.
En su itinerario ascético, bajo el impulso de los dones y gracias del Espíritu Santo, Farina colabora con sus propios dones y energías espirituales (inteligencia y voluntad) para desarrollar óptimamente su multiforme actividad apostólica: sacerdote, maestro, benefactor, obispo, fundador… sostenido siempre por el deseo de responder a Dios, que en Cristo y mediante el Espíritu lo llama a la perfecta unión mística con él. Una vez obtenida esta unión, las ya citadas actividades promovidas por las facultades espirituales, sobrenaturales y de la gracia, que tanto le empeñaban en su camino ascético, vienen como silenciadas, cesadas, por decirlo así, mientras su corazón continua avanzando hacia Dios. El corazón se mueve únicamente por atracción. Es propio del amor ser atraído por el Bien, dejarse llevar por un abandono y por un silencioso reposo de todas las otras facultades. Por lo tanto, en su espiritualidad encontramos la ascética fundadora y su experiencia mística.
[1] Este tema ha sido tomado de la ponencia del P. Alfonso Pompei, “l´itinerario spirituale di Giovanni Farina ” dada en la Casa Sagrado Corazòn de Jesùs (Vicenza) el 24 de Marzo del 2001 en preparaciòn a la beatificaciòn de Monseñr Farina.
[2] Giannarosa Sterbini, L´uomo della carita, Grafica Veneta, 1989, p. 117-119