-Como ya se dijo, desde niño Giovanni Farina se orientó hacia la vida eterna. Esta dimensión  mística de su existencia cristiana, hundió sus primeras raíces en la gracia de haber experimentado desde niño la misericordia divina,  a través de  su precoz educación en la fe y su consecuente  adhesión a Cristo.

Siempre más  fascinado por Cristo, sostenido de una ilimitada confianza, fiándose totalmente a él, conservó una ingenua alegría,  a pesar de las infinitas cruces de su vida. La reconstrucción de todos sus eventos humano - cristianos  nos permite verlo siempre en camino  tras las huellas  y el ejemplo de Cristo,  hasta dejarse finalmente abrazar por él. La unión mística con Cristo fue innegablemente, el factor determinante de su vivir, pensar, amar, elegir y sufrir las adversidades.

Monseñor Farina, en el aspecto espiritual, ha demostrado ser ejemplo de caridad eclesial.  A sus veinte años ya tenía un amplio sentido del deber rígido y formal; aunque él mostró el deseo de separarse de este formalismo para  poder relacionarse mejor con las personas.

A sus treinta años tuvo una vida espiritual ya radicada en el amor pero al mismo tiempo nunca dejó de esforzarse por superar sus propias asperezas y no cometer errores, siempre trató de descubrir sus propios defectos a través del examen de conciencia. Éste fue el período en que su personalidad se _identificó con la caridad y trató de purificarse de las  escorias egoístas, de las pasiones y de la atención a sus propios intereses individuales. Y es que la fuerte delicadeza afectiva personal lo hizo sensible a las ofensas o desatenciones de los otros hacia su persona. Esto le provocaba con facilidad los impulsos de cólera, reacciones impetuosas, irritabilidad excesiva, tensión nerviosa. Él se ejercitó ascéticamente en este campo. Aprendió a controlarse, a callar cuando preveía reacciones negativas en los otros, a sacrificarse por el bien de las almas, a demostrarse superior a los litigios para testimoniar la bondad evangélica. Cuando alguna vez no lograba controlarse, se acercaba a la persona ofendida y le pedía perdón, antes de celebrar la Misa.  Si no lograba restablecer la paz, vivía una angustia interior que se volvía insoportable; como sucedió con los canónigos de Treviso.

A los cincuenta años, el sentido de la vigilancia se extendió a todo su comportamiento, transformándolo en dueño de sí mismo, a tal punto que las duras situaciones externas que tuvo que sobrellevar ya no lo perturbaban tanto.  Su espíritu -adquirió libertad y seguridad interior. Para entonces él   se presenta disponible  para un camino con nuevo impulso.  No tiene otras preocupaciones sino las que le orienten a  manifestar en forma más amplia e intensa  su  donación caritativa.

Esta disponibilidad interior lo libera de los condicionamientos externos; ya no se siente absorbido por las críticas pasionales del ambiente, únicamente atiende a su ideal caritativo, que lo realiza primero en su Instituto. Se podría decir que no siente sino el canto del amor hacia los 7hermanos en Cristo.

-En su ancianidad manifestó profunda nostalgia por la perfección total; aspiraba a convivir en un ambiente que esté saturado de caridad sobrenatural. Se sentía indiferente con los compromisos mundanos, por este motivo no pudo pasar un día  sin refugiarse en su Instituto. Aquí podemos contemplar una ética que es ascesis, pues pedía una moral que sea fruto de la experiencia del amor del Espíritu de Cristo.   No valoraba únicamente las normas morales, tenía necesidad de respirar en un ambiente ascético donde todo estuviera orientado según el principio fundamental de la oferta caritativa.

-El Espíritu le dirigió por un camino espiritual caritativo profundo.  Le convenció que también los rebeldes a las normas morales, los despreocupados del aspecto espiritual, los intrigantes en el ambiente eclesial, los desviados en el campo socio político, tenían necesidad de participar del don caritativo del Espíritu. Todos ellos eran conscientes de ser y querer vivir como hijos de Dios Padre en Jesucristo, únicamente si se sentían amados con la caridad de Cristo en la comunidad eclesial.

Monseñor Farina comprendió que los intrigantes públicos eran personas eclesialmente defraudadas del amor evangélico de Cristo, eran cristianos que no se sentían suficientemente amados.

La Espiritualidad de Farina sella el carisma del Instituto y  habla de su intensa vida teologal interior, que  lo pone  directamente en relación con Dios. La fe le hizo fascinarse ante la Bondad divina y  fue  tomada en su familia, nutrida en el  Seminario, vivida, expresada y  progresivamente robustecida en la fundación del Instituto, en el celo sacerdotal, en la instrucción de los pequeños, en la formación de los sacerdotes,  en su modo de ver y de encarnar el sacerdote misericordioso, en su modo de proponer la fe, en su empeño por la conversión de los pecadores.

 

Con la carga de vida espiritual  que llevó y  el ambiente social y eclesial en el cual se desarrolló su poliédrica actividad apostólica, pudo  aceptar total y responsablemente el plan de Dios: acogió la palabra y la puso en práctica (Mc 3,35ss), animó su acción con el espíritu de servicio y con  la caridad, se esforzó por ser un seguidor perfecto de Cristo.  Todo esto lo convirtió en un testimonio  viviente de Cristo. La esencia de la espiritualidad de Monseñor Farina, alma de toda acción apostólica y social de su Instituto, fue la caridad, como una lámpara que arde constantemente: humilde, preciosa, perenne”. (L’uomo Della caritá pág. 224)

Su vida de intensa oración: Tuvo una radical conformación a la voluntad divina,  de adhesión total a Cristo. Fue el motor característico de su obra, de su Instituto, de su incansable celo ministerial,  de su cuidadosa dedicación a las vocaciones   sacerdotales, a los seminarios, a los co-hermanos sacerdotes siendo obispo, en su empeño de predicación  de los ejercicios espirituales al pueblo y a los sacerdotes  y en la educación de las mujeres jóvenes, en la catequesis. En toda su vida despunta ante todo  una caridad sobrenatural, que se hace siempre misericordia hacia los otros y abandono de sí en Dios, hasta la experiencia pascual caritativa, de la cual habla Tullo Goffi: “Amar con la caridad misma de Jesús Redentor”.

También el itinerario inicialmente propuesto a las hermanas es sobretodo ascético, pues abraza una dimensión contemplativa fuerte. Por su propia experiencia, decía que la intimidad mística con Dios en Cristo debe darse mediante el Espíritu. Los recogimientos místicos, constituyen la fase final del itinerario ascético cristiano; un itinerario, que conduce a  un cielo nuevo, un renacimiento integral, que es  el  imperturbable reposo místico con Dios.