En los años anteriores a su llegada a Vicenza, como obispo, Giovanni Farina fue llamado “austriacista”, criticado por considerarse que estaba demasiado vinculado al imperio de la Casa real de Austria. En Tre-viso, durante la revolución de los vicentinos de 1848, llegó a ser perseguido por la calle y amenazado con gritos, silbidos y lanzamiento de piedras. Igualmente en 1866 después de la anexión del Veneto a Italia unificada fue insultado y asaltado en el obispado, e invitado por el gobernador a alejarse de Vicenza, lo que no aceptó. En 1870 se celebró en toda Italia la entrada en Roma de las tropas italianas y el fin del poder temporal del Papa. Con ello se proclamó el reino de Italia. Farina aceptó el cambio político, como un hecho real, al que trataba de adecuarse sin parcialidad, pues ello trascendía del ámbito eclesiástico. Sus criterios de obediencia a la autoridad legítimamente constituida, brotaban del concepto de que “Dios es el primer soberano de todos los hombres y todos los poderes de la tierra fluyen de su poder” y “…quien resiste al poder constituido, resiste al orden de Dios” (Ro, 13,2). Durante el gobierno de la Casa de Austria, que le dio un fuerte apoyo en la consolidación de su obra, pues era católica y clerical, Farina miraba la sociedad con criterios éticos y dejándose llevar por el orden establecido. Con la Casa de Saboya y el Reino de Italia, anticlerical, laicista y liberal, vio que no podía apoyarse ya en ningún poder secular, sino solo en la mano providente de Dios.