A CONDICIÓN DE LA MUJER
Hasta mediados del siglo XVIII en la sociedad italiana, como en la de tantos países del mundo, solo el hombre era reconocido jurídicamente como representante de la familia y como persona individual; la mujer carecía de toda consideración. Su ámbito estaba limitado a las labores domésticas, agrícolas, al cuidado de los hijos, del marido, de la casa, donde permanecía en total dependencia del esposo y de la familia. Para entonces no se veía necesario que ella supiera leer y escribir. De hecho, la gran mayoría de las jóvenes de las familias pobres era analfabeta y sin educación. Es en este contexto socio cultural donde la Divina Providencia envía al sacerdote Giovanni Farina.
INTUICIÓN PROFÉTICA DE FARINA HACIA LA MUJER
Cuando el joven P. Giovanni Antonio llegó a la parroquia de San Pedro, se encontró de repente frente a una realidad impresionante: un gran número de jóvenes, pero especialmente niñas pobres y sin familia, habían sido abandonadas en la calle. Para sobrevivir eran obligadas a pedir limosna. Esto les convertía en fáciles víctimas de cualquier explotación moral. Monseñor Farina muy pronto se dio cuenta de que eran “el anillo más débil de la sociedad” y de que por sí mismas, no estaban en capacidad de insertarse en la sociedad.
Pensó que si a la joven hija del pueblo se le diera una formación cristiana, una instrucción elemental y, por supuesto, una preparación profesional, podría encontrar un trabajo decente en la sociedad. Estaba seguro que, a través de la instrucción, la mujer conocería su dignidad y descubriría que tiene una misión que cumplir. De hecho, con la riqueza de sus dotes humanas y espirituales, en su posición de esposa y madre, ella ya podía ser la guía moral del marido y la primera educadora de sus propios hijos. Cuando se parte de la célula de la sociedad, que es la familia, la mujer tiene el poder de renovar la humanidad.
mendigos, discapacitados de toda clase, que estaban más expuestos a la inmoralidad y a la delincuencia. No existían escuelas primarias en el campo y tampoco en las ciudades grandes. La asistencia escolar era mínima, a causa de la lejanía o de la pobreza de las familias que utilizaban a los niños para labores del campo; y sobre todo por el prejuicio de que la instrucción era un lujo inútil, particularmente para las mujeres. Las únicas niñas que iban a la escuela eran las hijas de los ricos, educadas en los monasterios y en los conventos de la ciudad. Las hijas de los pobres, en cambio, permanecían abandonadas en la calle, sin instrucción y educación.[1]
[1] Dalla Stella, Suor Roberta, Una Scuola che educa orientamenti pastorale, op. cit., p.60